Percepción del dolor en niños: terapia analgésica en pediatría

Los niños y el dolor: intervenir el dolor de un niño con una adecuada terapia analgésica ayuda a evitar que se cronifique y afecte al desarrollo cerebral

El dolor no es solo una sensación desagradable, sino una modalidad sensorial compleja, un sistema que nos permite interactuar con el medio externo, fundamental para la supervivencia.

De hecho, nuestro sistema nervioso reconoce los estímulos que pueden causar daños en el organismo y activa reacciones reflejas, respuestas automáticas inmediatas o reacciones preventivas frente a fuerzas mecánicas nocivas, como temperaturas extremas, altas o muy bajas, o el contacto con sustancias tóxicas.

La IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) en 1979 dio la siguiente definición de dolor: 'Experiencia emocional y sensorial desagradable asociada o descrita en términos de daño tisular real o potencial'.

Esta definición enfatiza la naturaleza bipolar del dolor: compuesto por variables fisiológicas y psicológicas y la posible falta de una correspondencia estricta entre la extensión del daño y la intensidad del dolor.

Al mismo tiempo, las variaciones biológicas, una experiencia previa de dolor y una variedad de factores psicológicos modifican la experiencia del dolor a lo largo del tiempo.

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El niño y el dolor:

La definición de dolor reportada anteriormente, pertenece más a la experiencia de los adultos ya que resalta los componentes emocionales y sensoriales que no se pueden evaluar fácilmente en los bebés, niños que aún no hablan o que están en las etapas iniciales de verbalización, es decir, están comenzando a hablar.

Todo esto puede llevar a la idea preconcebida de que los niños no sienten dolor y durante muchos años así fue.

En realidad, ya en el vientre de la madre, a partir de la semana 24 de gestación, el feto tiene todas las capacidades anatómicas y neuroquímicas para sentir dolor.

Además, después del nacimiento, la formación de las vías nerviosas del sistema nervioso central y las áreas nociceptivas, que señalan el daño tisular a través de sensaciones dolorosas, conocido como sistema álgico, se completa al año de edad, mientras que el mecanismo de modulación de los estímulos dolorosos, conocido como el sistema antálgico, que elimina o reduce el dolor, madura más lentamente.

Por lo tanto, los bebés y los niños pequeños experimentan dolor con mayor intensidad que los adultos.

Dolor tratado inadecuadamente en bebés y niños:

La maduración del sistema álgico-antálgico continúa durante el período neonatal y en la infancia.

La importancia de esta etapa de desarrollo en la maduración del sistema del dolor está en función de la alta 'plasticidad', capacidad de cambio, del sistema nervioso central y periférico que ocurre durante este período de crecimiento.

De ello se deduce que la estimulación dolorosa repetida consolida y fortalece las conexiones en desarrollo del sistema del dolor y puede modificar el sistema nervioso que aún es inmaduro en todos los niveles, tanto periférico como central.

De esta forma se desarrolla una disminución del umbral del dolor, es decir, una mayor facilidad para transmitir el estímulo doloroso e influir negativamente en el desarrollo cerebral, lo que se traduce en una mayor fragilidad en los trastornos relacionados con el estrés y la conducta relacionada con la ansiedad.

Así, la experiencia del dolor durante el período neonatal y en la infancia puede determinar la estructura final del sistema de dolor del adulto.

Incluso el bebé prematuro recuerda el dolor: muchos estudios han demostrado que la memoria se forma y se enriquece en etapas muy tempranas y afecta lo que percibimos a lo largo de nuestra vida.

Muchos de estos recuerdos permanecen inconscientes, pero pueden provocar problemas conductuales, cognitivos y psicosociales.

Además, los estímulos dolorosos repetidos, que no están cubiertos por una adecuada terapia del dolor, amplifican la sensación de dolor y dan lugar al fenómeno de sensibilización.

La sensibilización es un proceso clínicamente importante que contribuye al dolor, la hiperalgesia, la acentuación de los síntomas de dolor en respuesta a un estímulo normalmente doloroso, y la alodinia, la percepción del dolor en respuesta a un estímulo no doloroso.

Un ejemplo de sensibilización es la piel quemada por el sol, donde una palmadita en la espalda, una ducha caliente o simplemente tocar una camiseta puede provocar una sensación de dolor agudo.

Los tres componentes de la percepción del dolor en los niños:

No está del todo claro cómo sucede esto, al igual que quedan muchas dudas sobre la ubicación de las estructuras cerebrales donde tiene lugar la actividad que produce la percepción del dolor.

Hipótesis recientes definen tres componentes involucrados en el dolor infantil:

  • Directo, que representa un dolor sordo, lento y difuso transmitido por fibras nerviosas tipo C;
  • Discriminativo, transmitido por fibras A rápidas mielinizadas delta;
  • Cognitivo, que se refiere al cerebro y la capacidad de comprender la experiencia del dolor y está influenciado por la familia, la cultura y las experiencias anteriores de dolor.

La influencia del entorno familiar en la frecuencia de la sensación de dolor parece ocurrir especialmente en la adolescencia: las madres de adolescentes con síntomas de dolor muestran más síntomas de estrés, ansiedad y depresión que las madres de adolescentes sin dolor.

Además, parece que los síntomas de ansiedad durante el embarazo pueden anticipar la presencia de trastornos somáticos, que están vinculados a la relación entre cuerpo, ambiente y mente, en niños a los 18 meses de edad.

Finalmente, la disfunción cognitiva o el pensamiento parental catastrófico parece influir en el desarrollo del dolor crónico, que continúa en el tiempo, en los niños.

El papel de los padres en los sentimientos de dolor de los niños:

Desafortunadamente, incluso una actitud sobreprotectora de los padres, como preguntar a los niños a menudo sobre los síntomas dolorosos o evitar que realicen una actividad física regular, se relaciona con una mayor discapacidad, una menor autonomía en las acciones diarias, en niños con dolor crónico.

De lo dicho queda claro que el dolor no es un mecanismo nervioso simple de describir, sino que la percepción del dolor depende de una compleja interacción entre diferentes estructuras y fenómenos, que modulan continuamente la extensión y calidad del dolor percibido: es una experiencia somatopsíquica, física y psíquica, subjetiva, caracterizada por características biológicas, afectivas, relacionales, experienciales y culturales que no se pueden separar.

De esta explicación del dolor se deduce que una terapia con fármacos que eliminan o reducen el dolor, llamados antálgicos, correcta no puede prescindir de un abordaje global e individualizado de la persona del niño que lo sufre.

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Fuente:

el niño Jesús

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